lunes, 26 de agosto de 2019

me acuerdo de mi madre












Me acuerdo de mi madre, cuando hacía el aseo en la casa con la música sonando en alguna radio popular, tal vez una cumbia tropical o una balada romántica. El olor casi comestible de la cera en el piso de madera, el sonido de la virutilla quitando la tierra. Mi madre con un sombrero improvisado de polera, el pantalón remangado y su tímida voz tratando de seguir la letra de la canción; si alguna vez cantó una canción entera, no lo sé.
Yo estaba en mi pieza despertando de una larga noche y mañana de sueño, verano tal vez, vacaciones, sin otra preocupación más que el desayuno; me levantaba y me sentaba a la mesa, mi madre me preparaba una taza de té y me dejaba el pan y lo que había para echarle. Con la parsimonia de un hombre lagañoso, untaba el paté, la mermelada o la mantequilla, y luego comía, mientras el té adquiría el dulzor de tres cucharadas de azúcar.
Mi mamá continuaba su quehacer doméstico, hasta la hora del almuerzo. Este recuerdo es de nosotros dos en la casa, intentando conversar de algo: Siempre eran los demás, nunca fuimos nosotros. Siempre era la negatividad de los demás, por eso no hablábamos de nosotros. Teníamos vergüenza, o quizás miedo. Habíamos perdido hace muchos años la cercanía que un día nos abrazó en la infancia y en su maternidad.  Comemos de la misma forma, con el mismo gesto exasperado de tragar y levantarse para volver al encierro de las conciencias.
El desayuno duró lo que tuvo que durar.  Cada uno se levantó como siempre a perderse en la fugaz actividad de la soledad. Estábamos tan cerca y tan solos,  guardando nuestro talento en un silencio comprimido ¿qué nos habrá faltado? ¿Sería demasiado tarde para reconocernos? ¿Acaso haberse quedado inmóviles fue nuestra peor decisión, si es que fue nuestra esa opción en la vida?
A mi pieza ya no podía entrar nadie más que mi existencia, desde allí imaginaba el pasado y el futuro casi en un tiempo simultáneo.
No quiero que esta voz suene amarga, ni menos avejentada, porque ese miedo terrible de los días que pasan, fue la amargura que nos unía en las horas transcurridas.
Cuando pienso en tu muerte, el egoísmo de este encierro se petrifica, a oscuras tiembla su coraza para quedarse frágil hasta el último día de mi vida. Mi muerte a lo lejos, es como tu muerte a lo lejos. Unidos por un terror indescriptible a la fugacidad de la vida, a la evaporación de los placeres, al olvido completo de nuestros sueños y  anhelos.




¿Quién fuiste allá en el fondo de lo oscuro cuando tus ojos brillaban con la luz de los días eternos? ¿Cuáles fueron tus juegos íntimos en la interioridad de tus caprichos, en el entusiasmo de una ventana, en el origen de tu soledad?
Trato de buscarte en esos ojos grandes, la muchacha que fuiste, enamorada o ilusionada por el futuro prometedor, pero sólo encuentro los ojos tímidos de mi madre, aquellos ojitos perdidos o tristes que se apagaron en algún punto sin retorno, allá atrás en el fondo oscuro. Yo recuerdo siempre la foto que pillé un día, en la infancia en una caja de zapatos bajo la cama; tu cara juvenil de chiquilla pretenciosa, colgando de tus dedos un cigarrillo encendido, y pensaba que el tiempo no pasaba por tus horas.
Cuando te extrañaba, te recordaba con esa imagen, con la faldita, la chaquetita de mezclilla y el chaleco blanco. Con el cigarro en tu mano derecha, y tus hermanos con la actitud de quien goza los días.
Hoy trato de buscarte con la cabeza gacha, porque tu cara es mi espejo, mi factura al final de los días. Por esa razón crece un odio inhumano en mi estómago, porque los órganos se angustian cuando miran tu piel de reojo, cuando tu voz se seca me sigue instruyendo, cuando tus palabras siguen resonando como sermón y reclamo; el corazón, los pulmones, el riñón se van desprendiendo de tu vientre, hasta alcanzar la luz que mirabas por la ventana; la luz que iluminaba tu cara cuando te subías a los árboles, o cuando alguien te insultaba sin que pudieras responderle. Me voy liberando cada vez más, aunque los años digan lo contrario.
Acaso estas palabras también las pusiste en mi cabeza. Porque cuando hablo, pareciera que estoy diciendo lo que me dices; cuando hablo pareciera utilizar un registro oculto en un cofre cerca del corazón, que te pertenece porque depositaste allí toda tu esperanza. Abrigaste la fragilidad tu prematura maternidad con la resignación de una mujer envuelta en la magia del amor. Si habrías hablado, tal vez tu libertad habría estado conmigo más allá del encierro de tu vida doméstica. Por eso lloras para adentro, y gritas como loca, porque a veces te das cuenta que la vida te pasó por encima.


Cómo sería entrar por un portón de madera vieja a un patio grande lleno de naranjos y paltos por los costados; En el centro un parrón dibujando un camino  con su sombra y en el fondo, una casa.


No me haré cargo, nunca más de lo que sientes. A la deriva quedarán las esperanzas, envueltas en mantel de cocina; en el basurero quedan los juegos de tarde y madrugada.  Es un aire que atraviesa el pasillo, una corriente fresca y cristalina que mueve los cuadros de la casa, que reacomoda el encierro. Vete de una vez, sal por la puerta, borraré tus escritos en la pared, cambiaré el verdor de su pintura y la llenaré con los muebles que incomodan. No abriré jamás las ventanas para consentirte, ni menos utilizaré el vocablo del vientre para resguardarte de las sombras.

Décimas por la lucha de los pueblos