Me
acuerdo de mi madre, cuando hacía el aseo en la casa con la música sonando en
alguna radio popular, tal vez una cumbia tropical o una balada romántica. El
olor casi comestible de la cera en el piso de madera, el sonido de la virutilla
quitando la tierra. Mi madre con un sombrero improvisado de polera, el pantalón
remangado y su tímida voz tratando de seguir la letra de la canción; si alguna
vez cantó una canción entera, no lo sé.
Yo
estaba en mi pieza despertando de una larga noche y mañana de sueño, verano tal
vez, vacaciones, sin otra preocupación más que el desayuno; me levantaba y me
sentaba a la mesa, mi madre me preparaba una taza de té y me dejaba el pan y lo
que había para echarle. Con la parsimonia de un hombre lagañoso, untaba el
paté, la mermelada o la mantequilla, y luego comía, mientras el té adquiría el
dulzor de tres cucharadas de azúcar.
Mi
mamá continuaba su quehacer doméstico, hasta la hora del almuerzo. Este
recuerdo es de nosotros dos en la casa, intentando conversar de algo: Siempre
eran los demás, nunca fuimos nosotros. Siempre era la negatividad de los demás,
por eso no hablábamos de nosotros. Teníamos vergüenza, o quizás miedo. Habíamos
perdido hace muchos años la cercanía que un día nos abrazó en la infancia y en
su maternidad. Comemos de la misma
forma, con el mismo gesto exasperado de tragar y levantarse para volver al
encierro de las conciencias.
El
desayuno duró lo que tuvo que durar.
Cada uno se levantó como siempre a perderse en la fugaz actividad de la
soledad. Estábamos tan cerca y tan solos,
guardando nuestro talento en un silencio comprimido ¿qué nos habrá
faltado? ¿Sería demasiado tarde para reconocernos? ¿Acaso haberse quedado
inmóviles fue nuestra peor decisión, si es que fue nuestra esa opción en la
vida?
A
mi pieza ya no podía entrar nadie más que mi existencia, desde allí imaginaba
el pasado y el futuro casi en un tiempo simultáneo.
No
quiero que esta voz suene amarga, ni menos avejentada, porque ese miedo
terrible de los días que pasan, fue la amargura que nos unía en las horas
transcurridas.
Cuando
pienso en tu muerte, el egoísmo de este encierro se petrifica, a oscuras
tiembla su coraza para quedarse frágil hasta el último día de mi vida. Mi
muerte a lo lejos, es como tu muerte a lo lejos. Unidos por un terror indescriptible
a la fugacidad de la vida, a la evaporación de los placeres, al olvido completo
de nuestros sueños y anhelos.
¿Quién
fuiste allá en el fondo de lo oscuro cuando tus ojos brillaban con la luz de
los días eternos? ¿Cuáles fueron tus juegos íntimos en la interioridad de tus
caprichos, en el entusiasmo de una ventana, en el origen de tu soledad?
Trato
de buscarte en esos ojos grandes, la muchacha que fuiste, enamorada o
ilusionada por el futuro prometedor, pero sólo encuentro los ojos tímidos de mi
madre, aquellos ojitos perdidos o tristes que se apagaron en algún punto sin
retorno, allá atrás en el fondo oscuro. Yo recuerdo siempre la foto que pillé
un día, en la infancia en una caja de zapatos bajo la cama; tu cara juvenil de
chiquilla pretenciosa, colgando de tus dedos un cigarrillo encendido, y pensaba
que el tiempo no pasaba por tus horas.
Cuando
te extrañaba, te recordaba con esa imagen, con la faldita, la chaquetita de
mezclilla y el chaleco blanco. Con el cigarro en tu mano derecha, y tus
hermanos con la actitud de quien goza los días.
Hoy
trato de buscarte con la cabeza gacha, porque tu cara es mi espejo, mi factura
al final de los días. Por esa razón crece un odio inhumano en mi estómago,
porque los órganos se angustian cuando miran tu piel de reojo, cuando tu voz se
seca me sigue instruyendo, cuando tus palabras siguen resonando como sermón y
reclamo; el corazón, los pulmones, el riñón se van desprendiendo de tu vientre,
hasta alcanzar la luz que mirabas por la ventana; la luz que iluminaba tu cara
cuando te subías a los árboles, o cuando alguien te insultaba sin que pudieras
responderle. Me voy liberando cada vez más, aunque los años digan lo contrario.
Acaso
estas palabras también las pusiste en mi cabeza. Porque cuando hablo, pareciera
que estoy diciendo lo que me dices; cuando hablo pareciera utilizar un registro
oculto en un cofre cerca del corazón, que te pertenece porque depositaste allí
toda tu esperanza. Abrigaste la fragilidad tu prematura maternidad con la
resignación de una mujer envuelta en la magia del amor. Si habrías hablado, tal
vez tu libertad habría estado conmigo más allá del encierro de tu vida
doméstica. Por eso lloras para adentro, y gritas como loca, porque a veces te
das cuenta que la vida te pasó por encima.
Cómo
sería entrar por un portón de madera vieja a un patio grande lleno de naranjos
y paltos por los costados; En el centro un parrón dibujando un camino con su sombra y en el fondo, una casa.
No
me haré cargo, nunca más de lo que sientes. A la deriva quedarán las
esperanzas, envueltas en mantel de cocina; en el basurero quedan los juegos de
tarde y madrugada. Es un aire que
atraviesa el pasillo, una corriente fresca y cristalina que mueve los cuadros
de la casa, que reacomoda el encierro. Vete de una vez, sal por la puerta,
borraré tus escritos en la pared, cambiaré el verdor de su pintura y la llenaré
con los muebles que incomodan. No abriré jamás las ventanas para consentirte,
ni menos utilizaré el vocablo del vientre para resguardarte de las sombras.