martes, 3 de septiembre de 2019

Un hombre






Un hombre no podía aceptar su sufrimiento, no quería llorar, por vergüenza o por absurda convicción masculina. Llevaba dentro de su pecho una ira tan colérica como diabólica, pero en el fondo la tristeza se resquebrajaba como cristales de cavernas prehistóricas. 
Recargado de obsesiones confusas, fue cavando su propia tumba. No quiso aceptar que su mujer se fuera, que lo abandonara. Esta idea en su mente lo torturaba, y en su corazón lo hacía sentir vulnerable.
Al caer la noche, un día cualquiera, se dirigió con el aliento mortal de una serpiente, hacia la casa de su amante. Sabía, intuía, sospechaba alcohólico de venganza, que ella se encontraba sola. Al tocar el timbre con el rostro compungido, forzado como mueca galante, no fue su amante quién lo recibió, sino su hija adolescente. A la sorpresa, siguió el espanto, compadecida por este hombre, la niña lo dejó entrar sin atisbar las intenciones oscuras del visitante; inocente lo condujo hacia el living y fue en busca de su madre.
Ahogado y a punto de explotar, no resistió el impulso de la sed y el dolor, y en segundos descargó su torrente venenoso en la adolescente criatura. Cuando la madre salió del baño, contempló horrorizada la escena de un hombre que pensó nunca más volver a ver, y a su hija, quien tal vez intuía la conexión a puertas cerradas.

lunes, 26 de agosto de 2019

me acuerdo de mi madre












Me acuerdo de mi madre, cuando hacía el aseo en la casa con la música sonando en alguna radio popular, tal vez una cumbia tropical o una balada romántica. El olor casi comestible de la cera en el piso de madera, el sonido de la virutilla quitando la tierra. Mi madre con un sombrero improvisado de polera, el pantalón remangado y su tímida voz tratando de seguir la letra de la canción; si alguna vez cantó una canción entera, no lo sé.
Yo estaba en mi pieza despertando de una larga noche y mañana de sueño, verano tal vez, vacaciones, sin otra preocupación más que el desayuno; me levantaba y me sentaba a la mesa, mi madre me preparaba una taza de té y me dejaba el pan y lo que había para echarle. Con la parsimonia de un hombre lagañoso, untaba el paté, la mermelada o la mantequilla, y luego comía, mientras el té adquiría el dulzor de tres cucharadas de azúcar.
Mi mamá continuaba su quehacer doméstico, hasta la hora del almuerzo. Este recuerdo es de nosotros dos en la casa, intentando conversar de algo: Siempre eran los demás, nunca fuimos nosotros. Siempre era la negatividad de los demás, por eso no hablábamos de nosotros. Teníamos vergüenza, o quizás miedo. Habíamos perdido hace muchos años la cercanía que un día nos abrazó en la infancia y en su maternidad.  Comemos de la misma forma, con el mismo gesto exasperado de tragar y levantarse para volver al encierro de las conciencias.
El desayuno duró lo que tuvo que durar.  Cada uno se levantó como siempre a perderse en la fugaz actividad de la soledad. Estábamos tan cerca y tan solos,  guardando nuestro talento en un silencio comprimido ¿qué nos habrá faltado? ¿Sería demasiado tarde para reconocernos? ¿Acaso haberse quedado inmóviles fue nuestra peor decisión, si es que fue nuestra esa opción en la vida?
A mi pieza ya no podía entrar nadie más que mi existencia, desde allí imaginaba el pasado y el futuro casi en un tiempo simultáneo.
No quiero que esta voz suene amarga, ni menos avejentada, porque ese miedo terrible de los días que pasan, fue la amargura que nos unía en las horas transcurridas.
Cuando pienso en tu muerte, el egoísmo de este encierro se petrifica, a oscuras tiembla su coraza para quedarse frágil hasta el último día de mi vida. Mi muerte a lo lejos, es como tu muerte a lo lejos. Unidos por un terror indescriptible a la fugacidad de la vida, a la evaporación de los placeres, al olvido completo de nuestros sueños y  anhelos.




¿Quién fuiste allá en el fondo de lo oscuro cuando tus ojos brillaban con la luz de los días eternos? ¿Cuáles fueron tus juegos íntimos en la interioridad de tus caprichos, en el entusiasmo de una ventana, en el origen de tu soledad?
Trato de buscarte en esos ojos grandes, la muchacha que fuiste, enamorada o ilusionada por el futuro prometedor, pero sólo encuentro los ojos tímidos de mi madre, aquellos ojitos perdidos o tristes que se apagaron en algún punto sin retorno, allá atrás en el fondo oscuro. Yo recuerdo siempre la foto que pillé un día, en la infancia en una caja de zapatos bajo la cama; tu cara juvenil de chiquilla pretenciosa, colgando de tus dedos un cigarrillo encendido, y pensaba que el tiempo no pasaba por tus horas.
Cuando te extrañaba, te recordaba con esa imagen, con la faldita, la chaquetita de mezclilla y el chaleco blanco. Con el cigarro en tu mano derecha, y tus hermanos con la actitud de quien goza los días.
Hoy trato de buscarte con la cabeza gacha, porque tu cara es mi espejo, mi factura al final de los días. Por esa razón crece un odio inhumano en mi estómago, porque los órganos se angustian cuando miran tu piel de reojo, cuando tu voz se seca me sigue instruyendo, cuando tus palabras siguen resonando como sermón y reclamo; el corazón, los pulmones, el riñón se van desprendiendo de tu vientre, hasta alcanzar la luz que mirabas por la ventana; la luz que iluminaba tu cara cuando te subías a los árboles, o cuando alguien te insultaba sin que pudieras responderle. Me voy liberando cada vez más, aunque los años digan lo contrario.
Acaso estas palabras también las pusiste en mi cabeza. Porque cuando hablo, pareciera que estoy diciendo lo que me dices; cuando hablo pareciera utilizar un registro oculto en un cofre cerca del corazón, que te pertenece porque depositaste allí toda tu esperanza. Abrigaste la fragilidad tu prematura maternidad con la resignación de una mujer envuelta en la magia del amor. Si habrías hablado, tal vez tu libertad habría estado conmigo más allá del encierro de tu vida doméstica. Por eso lloras para adentro, y gritas como loca, porque a veces te das cuenta que la vida te pasó por encima.


Cómo sería entrar por un portón de madera vieja a un patio grande lleno de naranjos y paltos por los costados; En el centro un parrón dibujando un camino  con su sombra y en el fondo, una casa.


No me haré cargo, nunca más de lo que sientes. A la deriva quedarán las esperanzas, envueltas en mantel de cocina; en el basurero quedan los juegos de tarde y madrugada.  Es un aire que atraviesa el pasillo, una corriente fresca y cristalina que mueve los cuadros de la casa, que reacomoda el encierro. Vete de una vez, sal por la puerta, borraré tus escritos en la pared, cambiaré el verdor de su pintura y la llenaré con los muebles que incomodan. No abriré jamás las ventanas para consentirte, ni menos utilizaré el vocablo del vientre para resguardarte de las sombras.

miércoles, 10 de julio de 2019

La rabia


Me levanté con rabia, o quizás me dormí con odio, tratando de culpar a alguien por este sentimiento, cuando en realidad era yo quien actuaba hacia adentro con el pecho comprimido, porque ella se iba con la libertad de un desinteresado, de un ejecutor de movimientos individuales, y yo acostado en la cama, en quiebra y sin amigos, con dolor de espalda, y enrabiado porque prefería quedarme allí, y ella se iba, arreglada, quizás para coquetear desinteresada con algún instante, en el cual yo no estaría.
Ella me quiso dar un beso de despedida, y yo rehuí hacia el rincón como un niño al que no lo han invitado a jugar, como un niño que no se da cuenta que no hay prohibición y condena en su actuar, sino que simplemente soy yo quien debe quedarse acostado, a descansar, a quedarme con mi responsabilidad, mientras ella se marcha para colaborar donde yo no quiero estar. Sin embargo, la envidia no la encauzo y me llena de pensamientos negativos; múltiples escenarios del apocalipsis, y la rabia efervescente, y soy yo  quien  pronuncia monosílabos delirantes, que en su verborrea llevan el dolor oprimido con cizaña, y acidez. Y me acuerdo haber visto a mi madre, en el transcurso de las imágenes sanguinarias, cometiendo el mismo error que yo.  Pero no la culpo, todo el tiempo.
Acaso me habré acostumbrado actuar  así; a obviar, a ignorar el esfuerzo propio, para mirar lo que hacen los demás; y en el caso de seres queridos, duele cuando siguen su propio rumbo, y no nos llevan, a pesar que nosotros también hemos emprendido muchas veces el vuelo, y los hemos dejado en este mismo sitio, tal vez eso si, con sentimientos más positivos. Entonces de qué se trata este berrinche, sino la incapacidad para dejar ir o soltar aquello que no podemos controlar, o tal vez esa incapacidad para amarse incluso en los momentos más ingratos, en los cuales la soledad se siente casi rozando la piel, o el miedo volviéndose sombra al interior del pecho.
Toda esta ingratitud nos convierte en seres rugosos, recelosos, envidiosos, y hasta temerosos e inseguros a la hora de aceptar la libertad de los demás. Porque la propia depende de uno mismo, y es uno mismo quien se encarcela a estos sentimientos nefastos, que impiden la natural expresión del amor a todo lo que nos rodea. Por qué desconfiar de lo que puedan hacer los demás, si somos únicos responsables de nuestros actos, y con eso basta; Si ella hiciera algo contra mí, sería ella la responsable de este dolor, y quizás yo podría justificar esta rabia con más argumentos, que las alucinaciones que presencio en estado petrificado. Tal vez mi rabia tenga otro origen, y que su explosión inmediata se dirija aquellos seres queridos porque sabemos que es más fácil ser perdonados por ellos, a que descarguemos este sufrimiento con desconocidos.
¿Cuál es el origen de estos sentimientos? De la rabia, de la envidia, del terror, de la desconfianza. La sombra los oculta y los libera cuando emergen como impulsos incontrolables; pero claramente soy yo quien los libera a conciencia a través de una decisión en segundos. Porque podría elegir la alegría, o la confianza, pero para que eso sea posible, es necesaria una voluntad positiva, una disposición para superar el instante, que aunque me provoque la rabia con justa o no razón me permita enfrentarlo con madurez. Si yo hubiera decidido levantarme antes que ella, para tomar desayuno juntos antes de que se fuera, y preparar de alguna forma un panorama para la vuelta, eso hubiese cambiado la energía, el día y las acciones futuras. Sin embargo, me quedo en la cama, pensando en situaciones que no ocurrirán, a menos que yo las provoque. Podría ser peor, en el caso que decida posteriormente tomar cartas en el asunto, y dejarme llevar por el impulso y cometer la serie de atrocidades que voy pensando, porque no soy capaz de pisar tierra, ya que la ensoñación negativa es un paso para el trastorno mental y así confundir la realidad con las emociones intensas que me invaden.
Mi cable a tierra es el pensar positivo, racional, y colaborativo con las acciones que buscan resolver los problemas, no complicarlos más. Es un ejercicio de mente fría, de reflexión permanente, anticipando, y controlando sólo el instante de lucidez máxima, que es el ahora, y el aquí; si tiene resultados inmediatos en el tiempo, no es algo que podamos controlar profundamente, porque existen muchos factores que influyen positiva o negativamente el asunto. Lo que importa es la voluntad para lograr evocar lo mejor de mí, incluso en situaciones de confusión, de cansancio, de hambre, de quiebra emocional; y para lograrlo mi conciencia abierta a comprender mis emociones, y mi capacidad de pensarlas en un contexto para luego buscar una explicación, es el camino que debo seguir todos los días. Y por eso debo dejar de atormentarme con pensamientos que no sirven para nada. Sólo la fantasía positiva me sirve para llenarme de energía ensoñadora, para darme cuenta que el mundo es mucho más que la realidad tangible.
La alucinación oscura de la sombra es real, porque está dentro de mí; y es mi obligación conocerla y enfrentarla porque también soy yo. Sin embargo, no debo permitir que yo decida liberarla injustificadamente con personas que no se lo merecen, y en contextos que no trae nada bueno para mi salud social. Sí puedo permitirme expresarla de otra manera, a través del arte, o solo en el baño, o  en un rincón de la casa y maldecir por el hecho de ser tan desgraciado, aunque no sea cierto de todo; porque pienso tanto, y el origen se me pierde con el tiempo, ya no hay forma de volver a aquél día en el cual nació la rabia, como una reacción vivificadora de un instante único e irrepetible. Tal vez con los días, meses y años, esa rabia se cristalizó como una acción natural e imitativa de la cotidianeidad familiar; quizás con las décadas se aceptó como un rasgo de nuestra personalidad.
Estas emociones tienen que ver con uno. Con el aceptarse. Con el dejar la culpa, y asumir el rol de actor principal de la propia obra. Con soltar el control de todo, y dejarse llevar por la luz interna que es la alegría y la risa. Con permitirse estar triste y enrabiado, pero comprendiendo que somos más que eso, al fin y al cabo, somos acciones libres en un espacio y tiempo dispuestos como oportunidades para encontrar el bienestar personal, con principio y fin.
Cuando ella regresó, volvió por unas cosas para luego marcharse. Estuve hermético, distante, no quería mirarla, ni tampoco hablarle, aunque me hablara con dulzura. Me dijo que no le creyera a mi mente, mientras yo insistía en confirmarle existencia a mi emoción más profunda. Le confería una real explicación, que yace dentro, y que no quería obviar; tal vez lo estaba considerando como un presentimiento, o una señal, porque mi sensibilidad percibe cada gesto distinto, y pensaba tal vez que sus miradas anteriores me comunicaban algo. Sin embargo, todo esto existe en un campo de posibilidades inciertas e imaginarias, y de concretarse sólo dependerá de los movimientos de mis actos, como por ejemplo adoptar una pòstura hermética, no hablarle y evadir su mirada; con el tiempo podrían evidentemente generar o desencadenar otros caminos, en los cuales transitaremos especulando el uno del otro.
Ahora ella está cerca, pero prefiero quedarme a escribir, mientras mi hijo juega con su vecina, y parece que para ellos este tipo de elucubraciones no existe, más que la emoción misma que se desborda libremente sin prestar atención al otro, dependiendo en cada caso particular del control emocional que hayan aprendido o no de sus pares, o la familia.
Yo me he descontrolado en reiteradas ocasiones, sin prestarle demasiada atención a las reacciones de los otros. En su mayoría han sido explosiones negativas, como una grieta interna que sucumbe ante la presión externa imaginaria o real, y que se desborda como llanto, grito o pataleta, incluso como hermetismo o congelamiento expresivo, facial y corporal, que da cuenta de un hombre frágil e inmaduro, que no es capaz de poner paños fríos al instante, destruyendo así toda salida pacífica y afectiva.  Y el tono de mi voz, melancólico y flemático le da un color de victima casi patético, porque a pesar de tener la voluntad positiva de los días en que brilla la poesía, me arrojo masoquista al dolor autoinflingido de la necedad más irritante que un hombre demente puede ofrecerse ante el mundo.
¿Dónde está la alegría entonces? ¿Por qué no abrazar la alegría aún en el cansancio o en la injusticia? ¿Por qué no darse cuenta de los instantes que uno pierde por estar concentrado en el dolor innecesario? No se trata de la indiferencia, sino de la calma que utilizo para encauzar esta energía hacia un lugar más placentero, donde pueda pensar con tranquilidad sin huir ni encerrase en uno mismo. La calma que me permite escuchar y comprender que de mí depende el porvenir, de las acciones que realice para sentirme libre, sin ataduras, ni complicaciones externas como la comodidad, o el dinero, o las relaciones humanas. La calma para reaccionar a tiempo, y convertirme en motor de mi propio trayecto. La calma que me hace reflexionar acerca de mí, lo que quiero hacer y lo que estoy haciendo. Finalmente todo depende de la intensidad con qué asuma esta responsabilidad humana, la de ser uno mismo, con la voluntad positiva hacia el encuentro de lo mejor y lo más bello del mundo, aún en la inseguridad, y la desconfianza.

lunes, 17 de junio de 2019

El tuerto Ernesto






Era un feriano tuerto, moreno. Como el indio juan. Con el gorro pa atrás, y una polera de cuello estándar, como casi comprada donde la señora del uniforme. Super sencillo. Un traje de baño de supermercardo. Unas calcetas blancas fiskales, y unas zapatillas mikol yordan. y tuerto, moreno.
-¡¿Qué es tay mirando pajarón conchetumadre?!-
Y con un cachetazo en la nunca, el tuerto Ernesto bajó la mirada. Imagínate a un ropero de dos puertas, con la mirada en el suelo. Así como un cuerpo chupado y túmido.
¿Y qué dijo después? ¿Cómo perdió el ojo? Porque tenía dos ojos.
 ¿Y cómo lo perdió? ¿Le enterraron una cuchilla?  ¿En una pelea de choros? ¿Junto al olor del apio y la pescadería?
“Yo creo que le metieron el pico en el ojo. Sí, el pico en el ojo”.
 Lo único que sé, es que trabajaba para Rodrigo Barrios, un ídolo suyo, pero nunca se lo dijo. Lo admiraba, lo miraba de reojo, mientras limpiaba el suelo con un trapero.
Lo único que recuerdo del tuerto Ernesto, es que una vez lo llamé: “¡ven para acá!”.
Estaba trapeando el piso, y vino hacía mí con la cara de un tuerto; con el sudor maloliente de un cerdo cubierto de barro. Esa fue la única vez que lo vi.
Después supe que lo habían pillado en una bodega de licores. Al parecer una banda del sector habría fracasado en el atraco y habría huido, pero a él lo encontraron solo, dentro del local, con el mismo sudor en su cara.
Dicen que era sudor frío, congelado, como el de un hombre entrando a la boca de la muerte.
-¡¿Qué es tay mirando?!- preguntó una voz amenazante.
La madre le puso una denuncia, porque el tuerto Ernesto no aguantaba el encierro. Pero pasó de un encierro a otro.  Un día agarró un fierro, y machacó la cabeza de un borracho que arrastraba su moribunda existencia por la vereda. Ernesto corrió hacia él, y le puso cinco fierrazos en la cabeza al harapiento. La madre no aguantó más, y llamó a los carabineros. No hicieron más que zafarse del problema, y lo mandaron a un hogar de menores.
El tuerto Ernesto era menor de edad, parecía adulto, pero no sobrepasaba los quince o dieciséis años.  Esa tarde llegó por primera vez a la casa tres; ahí lo esperaban un montón de adolescentes sin discernimiento, ebrios de la pura marginalidad que los arrojaba al mundo como piedras sin forma lanzadas a una muralla de concreto. Los encerraban allí, creyendo en una rehabilitación milagrosa, que en realidad sólo mitigaba el dolor a tajo abierto, que se había producido en el mundo con la delincuencia. En ese desangramiento falopero, pastero, marihuanero y alcoholizado cayó Ernesto, con su jockey y sus shorts de feria, mirando de reojo la vertiginosa violencia con que se trataban los interinos.

La flaca



La flaca me lo había anunciado ahí mismo, y yo sin darme cuenta, lo deduje horas más tardes siguiendo un hilo difuso de indicios, que se confundían en la ficción misma del recuerdo. Ella me dijo, “¿me acompañas a mi casa?”  Y sólo pude responderle que no podía moverme de ese lugar, y la flaca se fue yendo, cada vez más lejos. Después de ese incidente, no volví a pensar en ella.

No pensé en ella, hasta la medianoche. Una imagen se proyectó en mi cabeza, tal vez su voz, anunciándome lo inevitable. Así parecía. Después comencé a pensar en su huida, algo me había asaltado en el transcurso de un movimiento cotidiano; una ida y venida desde la cocina hasta el living, leyendo una revista científica, o escuchando desatento las versátiles conversaciones de los panelistas del programa en la televisión.

Su voz llamándome desde el interior de su misterio, como las sirenas de Ulises, o simplemente como la canción enigmática del butlitzer.

Podría ser un sueño. Pero no fue un sueño, sino la realidad más certera y rápida en su esencia, cambiando y amoldando a su antojo nuestro escenario: Ella me había dicho algo, y yo no pude comprenderla.


Al otro día no me habló. Evadió mi mirada. Se escabullía por los rincones de mi mente. No pude descifrarla. Eso pensé, mientras intentaba abarcarla en mi imaginación, como si ese ejercicio fuese a develar la interrogante del día anterior. No cruzamos palabra. Simplemente  ella insistía en su hermética decisión. Eso pensaba. Eso intuía. Así que la evité, también tratando de disimular en mi expresión las ganas de abordarla con preguntas, aún cuando los demás pensaran que yo la estaba seduciendo.

No pretendo seducirla. Pienso. No pretendo incomodarla, pero sí quiero que me hable, de cualquier cosa, incluso de lo que hablan todos y todas, allí encerrados en la oficina.

“Por qué hablaran lo mismo todos los días”. Me dijo la flaca.
Habíamos concordado la semana pasada la flaca y yo, cuando nos quedamos hasta el final de la celebración del día del oficinista. Nos tomamos dos botellas de vino sin darnos cuenta, entre risas y anécdotas que ella y yo intercambiábamos con la soltura de una ocasión común y silvestre, como si estuviéramos en un restaurant o en la cuneta de una esquina cercana.

Los demás comían automatizados y con apuro como pollos liberados de su granero para buscar su preciado maíz, conversando entre dientes y comida las mismas estupideces de la oficina. No sé si nos habrán observado de reojo o con la sirvenguenza de un observador sin vida y lleno de fantasías, pero nosotros nos reíamos de todo, de sus caras de aburrimiento, de sinismo, acercándose cada vez más hacia la mesa de los “peces gordos”- decíamos; inclusive  nos burlábamos de nosotros mismos, porque estando allí con ellos, conocíamos nuestro desenlace, y sabíamos que no queríamos abandonar su trayecto por comodidad. “ a pesar de todo, necesito esta pega” me decía la flaca, un poco acalorada por el vino.


lunes, 27 de mayo de 2019

VIAJE EN SUBIDA

Durante toda la semana había pensado y preparado mi mente para vivir la experiencia del día sábado entrante; ya el día viernes imaginaba lo que podría vivir, y pedía al mismo tiempo tranquilidad y empoderamiento. La noche del día viernes celebramos el cumpleaños de mi padre con un asado; yo no quise comer carne, lo único que quería era compartir y luego dormir.
Desperté temprano, a eso de las seis de la mañana; tomé agua, moví mis articulaciones y esperé a que mi primo se comunicara; partiríamos a las siete según lo que acordábamos los días anteriores. Entonces cuando llamó, quedamos de juntarnos a las siete y media, para seguir desde allí el rumbo prefijado en dirección al cerro. Ambos viajamos en silencio, quizás con el sueño encima, y con ganas de llegar pronto.
Cuando llegamos al lugar comenzamos a subir el cerro lentamente, al menos yo sentía que mi peso había aumentado considerablemente; cada uno cargado con sus cosas, con los bolsos y las guitarras. La subida estuvo empinada, por lo cual debí descansar cada cierto tramo, con la lengua afuera y sintiendo que los pulmones se me salían. Ya arriba el panorama fue asombroso, el sol comenzaba asomarse por la cordillera, a pesar del sueño y el cansancio, sentí ganas de contemplarlo, así que me quedé un rato en su brillo despertando.
La medicina me aguardaba y yo sin saber a lo que me arrojaba, decidí continuar el viaje con la mente congelada y el corazón ansioso. Mi primo me dijo que comiera la medicina con cuidado, que al principio no pasaba nada, pero después uno subía hasta los cielos y más arriba; que tuviera cuidado, y que los disfrutara. Nos servimos en una fuente de plástico, una especie de champiñón arrugado con limón, y cada uno junto a nuestro amigo Julito, comimos a su propia marcha; mi primo puso música Echoes de Pink Floyd, y yo me senté en una roca para contemplar el sol, y allí me quedé mientras los cabros caminaron para buscar un lugar y tocar guitarra, yo me quedé sentado y cerré los ojos.

Y comencé a ver, a mirar, a comprender que no podía comprender.
A dibujar, a seguir líneas y colores, figuras, y movimientos.
Sonidos que a los lejos formaban una opereta en mis oídos.
Toda la expresión trabajando al unísono.
Círculos sonoros que se agrandaban, y tejían una escala pentatónica
Cósmica.
La luz del sol traspasó mi visión como cristales, los aullidos de los perros, los camiones,
Venían juntos, unidos, hasta formar armonías dulces, laboriosas, mágicas.
Mi corazón estaba feliz, de ver y escuchar tanta maravilla.
Estaba extasiado.

Mi primo me llamaba desde lejos para que llevara la guitarra, y escuché la canción que seguía sonando de Pink Floyd, habían pasado dos minutos tal vez, yo había vivido una eternidad; esa canción la escuchaba mi hijo cuando era pequeño, y se quedaba hipnotizado siguiendo la melodía; entonces me acordé de él con alegría, lo extrañaba. Y de pronto algo sucedió, mi primo insistía en que llevara la guitarra, lo sentía como una orden, y algo me revolvió el estomago, algo me molestó y le pedí que apagara la música.
Luego tomé la guitarra, intenté afinarla con mi celular, pero mis dedos se expandían, se agrandaban y sólo veía luces en la pantalla.
Me dirigí tambaleando hacia donde estaban mi primo y Julito; estaban conversando y fumando marihuana para subir aún más; yo fumé, pero me arrepentí, porque lo único que conseguí fue caer a tierra, a un pastizal, y allí me quedé, escuchando como improvisaba con la guitarra. Seguía sus melodías, y me sumergía en el azul celeste del cielo, en su tejido luminoso, en sus círculos y triángulos en movimiento, y mi cuerpo se encogía y se expandía al ritmo de los tambores que escuchaba de otras latitudes. Sí, escuchaba tambores y trompetas, pero el canto no salía, lo tenía apagado en el fondo del corazón, porque sentía un dolor perpetuo, que no me dejaba en paz. No me sentía cómodo, pero el momento decía otra cosa; habíamos ido allí para compartir, para disfrutar, y yo sólo quería perderme.
Julito me empezó a gueviar, me dijo que venía gente; con mi primo me empezaron a gritar cosas, y yo no aguanté, me levanté y los mandé a la cresta.  Agarré mi guitarra y me fui cerro arriba, quería estar solo.
Caminé de noche, de día, de tarde, en invierno, en verano, en primavera, escuché voces, me venían siguiendo, caminé quizás un día, cuatro horas, hasta perderme entremedio de los cerros; a lo lejos había divisado una familia en bicicletas, intenté acercarme, pero de un momento a otro decidí salirme del camino para descansar. No llevaba agua, y ya empezaba a sentir el calor, así que busqué un arbusto y me quedé bajo su cálida sombra.
Sentí cada rincón de mi cuerpo, mis brazos, mis piernas, mis órganos; algo estaba circulando dentro de mí, cada hueso, cara arteria, cada dolor, algo estaba analizando cada espacio de mi interior, hasta llegar a mi corazón. Allí se quedó, y comenzó a pulsar una voz que me hablaba de los recuerdos, de las palabras, de las caricias, de los rostros, de lo que perdí y de lo que gané, se quedó allí, hablándome, haciéndome sentir vulnerable, y lloré a mares, una tragedia, una invasión, una terrible decepción, una verdad.  Lloré como si estuviera desangrándome, mientras el sol me quemaba, sin agua, sin abrazos, sin tu voz. Así que me entregué con el cuerpo enterrado en el pastizal, y dormí sin dormir, porque mis oídos captaban todas las señales y los movimientos; mis ojos se abrían y entrecerraban, mirando los mínimos detalles  de las ramas, y los insectos que volaban sobre mi cabeza. Mi lengua  se humedecía con una saliva reseca, y quería pedir perdón,  quería dar una explicación para tanto decaimiento, quería cantar sobre las cosas bellas de este mundo, quería hablar de las bonitas experiencias que habíamos vivido juntos, quería vencer de una vez el silencio.
Me saqué el cinturón de mi abuelo, que había muerto hace un año, pensé en darle ceremonia en ese lugar; luego me senté con las piernas extendidas, miré mis ropas desgastadas y sucias, mis zapatillas que me quedaban chicas; me las saqué, y miré mis calcetines cambiados y sucios, y me percaté de lo abandonado que estaba; yo mismo me había abandonado, porque sentía ganas de morirme; sentí rabia y pena por despreocuparme tanto de mí. Miré los calcetines y me di cuenta que eran de mi hijo, que tenían hoyos, y estaban sucios. Y lloré por todas las irresponsabilidades que había cometido, por las carencias, por las violencias, por mis faltas. Así que comencé a quitarle cada pedacito de paja que tenían los calcetines, mientras me acordaba de ti, riendo, bailando, doblando la ropa con amor, luchando ante al adversidad, y me sentí orgulloso de ti. Y comprendí que yo no te merecía, que yo te había abandonado cuando más me necesitabas; yo me quedé en silencio, una vez más.
Luego miré mis manos, las vi fuertes, aunque yo creía que eran manos de mujer; sentí su dolor, en los dedos, sobre todo en mi mano izquierda.
Me volví a tirar a la tierra, a descansar, a dormir; comencé a sentir que mi cabeza se abría, que se revitalizaba; que cada neurona recargaba su energía. Cerré los ojos y los círculos y triángulos venían formando ideas, soluciones, paradigmas para una nueva transmutación del hombre; viajé en el tiempo, visité a los homosapiens, analicé los problemas del colonialismo, me quedé pensando en la teoría del eterno retorno; luego abrí los ojos y contemplé el cielo, todo se desvaneció, sólo entraban en mi percepción los rayos del sol que pasaban entremedio de las ramas y me quemaban la piel; volví a cerrar los ojos para recordar a mi madre, la sentí en mi corazón,  con culpa por tanto hermetismo y tanta indiferencia. La imaginé con sus ojos grandes, con su belleza, con su apoyo incondicional.
Cuando desperté, intenté enfocarme en un punto; desde la posición en que estaba podía la ver la cordillera; el sol llevaba buena altura, serían las diez de la mañana. La ilusión más bella se presentó frente a mí al ver un oleaje de montañas que se confundían con el océano del cielo, todo en un perfecto movimiento que ondulaba de izquierda a derecha; quise pintarlo, porque solo faltaba un prominente barco que surcara sus aguas hasta llegar a la India o África. Con ese vaivén que llamaba comprendí que necesitaba agua, así que levanté, ordené mis cosas y emprendí el camino de regreso.
Por el camino venía pensando alegremente, conversando conmigo acerca de las ideas geniales, sobre escribir, cantar, viajar por el mundo, mientras contemplaba la ciudad, que bullía con sus habituales ruidos de mañana. Caminé cerca de una hora entremedio de los cerros, tomando fotografías con mi celular, buscando tesoros. En ese momento mi primo me llamó, diciéndome que me estaba esperando, y que bajara de una vez, que dejara de preocupar a la gente, y que si no me apuraba se iría dejándome a mi suerte. Le dije que estaba de camino, y que dejara de molestarme, y que mi suerte ya estaba echada.
Seguí caminado con el calor del mediodía sobre mi cabeza, y mientras seguía con mis ideas hirviendo, trastabillé con el pie izquierdo, dando un medio giro, cayendo de espalda con guitarra y todo a tierra. Mi cuerpo quedó imantado al suelo, no podía moverme; en esa confusión me di cuenta que estaba perdido; no era el camino correcto. Con el dolor, la confusión y el calor, decidí buscar el retorno, y encontrar una cima para mirar donde estaba. No había rastros conocidos, ni memoria que me hiciera dar con algún indicio de donde estaba; tal vez había caminado en dirección contraria.  
Al volver al punto inicial, a mi nido protector,  retomé la línea que mi instinto mandaba, a pesar de toda mi lógica errante anterior; lo seguí, y dejé de creer en elucubraciones pasadas, aferrándome al miedo de volver a equivocarme.
El camino de retorno se dividía en un punto siguiente; yo había tomado la senda derecha, yéndome hacia el fracaso de mi orientación; ahora tomaba rumbo hacia la izquierda, donde hallaría la salvación.
Cuando volví a lugar donde estaban los cabros, que ya se habían ido, mis cosas se encontraban ocultas en un árbol que daba buena sombra; registré mi bolso para extraer mi botella con agua, que ya habían tomado, y me la tomé al seco. Mi primo me esperaba en el auto. Tomé mis cosas y bajé a la velocidad de un hombre sediento, y cuidando de no volver a trastabillar. Mi brazo izquierdo llevaba la dirección, y mi brazo derecho cargaba con todo.

Cuando llegué al auto, mi primo me dijo que julito se había ido, y me preguntó dónde me había metido, y que me había pasado. Yo no le respondí nada, sólo me quedé en silencio, mientras me tomaba el agua al seco.

lunes, 13 de mayo de 2019

Camino del hinojo






Un hombre regresaba a casa tras desenterrar un hinojo de su tierra, para trasplantarlo en su jardín. No pensó en el hinojo (con el cual Prometeo encendió el conocimiento), ni en la tierra, ni en los insectos que había separado tras arrancarlo con sus manos ansiosas. Y como no pensó en nada, más que en su jardín, el hinojo se puso amarillo y luego murió, con sus insectos volando a lo desconocido, y con el hombre haciendo literatura de su sufrimiento.

Monstruo






Este monstruo se convirtió en ella; y cuando miraba a sus ojos, ya no era el monstruo que la habitaba, sino la auténtica mujer que yo amaba, y arrodillado estaba frente a ella, con una sensación extraña, porque ella con mi interior jugaba, y no veía la mano siniestra, del monstruo que de mí se apoderaba.

Poema 3 o propuesta de canción





Casi tocando la orilla
Una mirada en cuclilla
Sospecha en la distancia.

Cuando atravesaron la selva
Espejos fueron sus guías
Los ojos se escabullían
Con las piedras codiciadas.

Cambió la forma de ver la vida
Y el orden piramidal
En la cúspide pusieron a un corazón
Y una sola estrella comiéndose al sol,
Que al adorarle limpiaba sus conciencias
Podridas de superstición.

Mientras los ojos agazapados
Con su sospecha miraban todo
Serían dioses, tal vez hombres solos,
Que comían pecados
Y le pedían a su dios
Fama y dinero.


lunes, 6 de mayo de 2019

Ruben




Hola. Hola.
Hola. Hola
¿Quiénes somos?
Una calle, una vereda
Esparcida en la tierra
Y de nosotros quién se acuerda.
Y tú vas como siempre, todos los días
Con tu misma cara y sonrisa.
Y me dices hola, y te digo hola.
Y a cuántos más, y de la misma manera, hola.
Y nos reconocemos, a veces tú ya no me distingues
O quizás lees mi mente.
Y tu mirada es otra.
Va perdida por la verada, a veces chocando con la vida miserable de villa,
Llena de villanos y villanas.
Bailándole a la inercia, con una hooola.
Y tu espalda encorvada no se nota, y tu cara de niño está allí
En ese cuerpo desgastado.
Y vas sonriendo, y nos saludamos, hola hola.

La orilla del canal




Una voz dijo: ¡Mira a ese! Y se ríe.
Un tipo común,
Un mal hombre, según ella, que empeñó sus herramientas de trabajo
Para seguir chupando toda la semana.
Flaco, lánguido, seco, irresoluto,
Con la mirada en el horizonte
Destruyendo y reconstruyendo su hado.
Allí va otra vez, y tantas veces,

Pedaleando como un desalmado,
Con el mismo jockey, con la misma polera de siempre.
Pedaleando como un desalmado
Con el mismo jockey, con el mismo pantalón de siempre.

Lleva en la parte trasera de su bicicleta,
Las ramas que cortó de los árboles vecinos
Para ganarse unas chauchas, unos morlacos, unos pesos.
Cada atardecer, cada día, nublado, con sol, con lluvia, sin fallar un solo día.
Y esa voz se ríe otra vez: ¡mira a ese!
Este hombre sigue su camino mirando su horizonte, pedaleando en su bicicleta,
Cada mañana, cada tarde hasta la orilla del canal.

lunes, 29 de abril de 2019

Los Borgoña


No hubo gritos ni pataletas, ni calzones por el aire; nadie nos mostró sus pezones, ni nos esperaron a la salida para acostarse con nosotros.
Nos subimos al auto como pudimos entre instrumentos, cigarrillos de marihuana y un borgoña preparado en botella de plástico. Salimos en dirección contraria al éxito que imaginábamos mientras conversábamos entre carcajadas y alucinaciones de viejas canciones compuestas a la orilla del río.
Una carretera nocturna nos llevó hasta un servicentro, allí ninguno de nosotros se aguantó el deseo de narrar sus propias hazañas en la música, incorporándose siempre con postura de héroe y aire de cantautor sobresaliente.
El manager y dueño del auto nos invitó a un evento de beneficencia donde tocaríamos un repertorio indefinido, en el cual él interpretaría la quena y trataría de cantar.
Días antes había ofrecido un grupo musical a los encargados del show, a cambio de una bienvenida gastronómica, acompañada de bebestibles a destajo. El manager y quenista llegó en el auto de su padre que debía devolverlo antes de las doce, eso nos contó mientras se zambullía la botella de borgoña.
El resto de los integrantes con guitarras de palo, y una batería desarticulada pero en pie de batalla, pretendía dar la sorpresa con sus cantos y melodías, que intentaban ensayar camino a la presentación. Después de salir del servicentro, fuimos en busca del maestro de la improvisación, el cual había ganado su respeto, grabando un disco por semana. Aunque durante el show no hizo casi nada.
Llegamos al lugar. Nos bajamos como estrellas, como héroes y galantes artistas. Ya teníamos un repertorio de cuatro canciones y media. El manager entró al local, habló con la gente, y nosotros esperamos afuera. Cuando salió su cara nos asustó, porque nos traía malas noticias. “Quieren que toquemos cumbia, ¿se saben alguna?” – claro que no. No podíamos tocar cumbia, no nos gusta la cumbia.
Volvió a entrar para ofrecer un nombre de banda y un repertorio andino, con la esperanza que nos dejaran tocar al final, o quizás en un breve corte de dos canciones; en ese momento apareció una mujer, mayor, con algunas canas y con aspecto de evangélica, y nos propuso tocar en su evento beneficiario, que estaba justo al lado del otro. Nadie dudó, le dijimos que si altiro, y nos fuimos hacia su local.
Miramos el lugar; estaba lleno de sillas vacías y un ambiente casi sepulcral. Las pocas personas que había nos miraban contentos, porque éramos tal vez la única opción de la noche. Con esa idea en mi mente, nos subimos al escenario, nos instalamos y comenzamos el show. Uno de nosotros comenzó a improvisar una canción, y luego otra, y después otra, hasta que la presentación cobró ritmo y dejamos a un lado el miedo y la vergüenza. El manager no aparecía, se había perdido entre tanto bailoteo y mina rica, entre comida y bebestible se había olvidado de nosotros; no importaba, ya estábamos ascendiendo hacia el éxito. Una vez que terminamos las canciones, nos pedían más, de un momento a otro el lugar había cobrado entusiasmo, y nos fuimos yendo por el rumbo de los temas, sin darnos cuenta que llevábamos casi una hora tocando; en ese momento, la señora se nos acercó y nos dijo que nos fuéramos, que era suficiente.
Cuando empezábamos a subir al estrellato, el efecto del borgoña y la marihuana nos hacía sentir en el cuerpo, en la voz y en nuestras canciones; yo di vueltas, y creí dar mi mejor interpretación, pero no fue así, me había quedado en un rincón fumando un cigarrillo, mientras los demás se perdían en compases, y en ritmos y en letras. Estaba todo bien, no pasaba nada, sólo que la personas no valoraban el verdadero arte. Así que terminamos el show, nos volvimos al local de al lado, pero el manager yacía dormido en el auto, abrazado a la botella de borgoña, mientras la cumbia retumbaba en nuestros oídos. La señora quedó agradecida, y la banda cumplía su debut y despedida en una fría noche de invierno.

lunes, 22 de abril de 2019

poema 2


Yo te quise alma mía,
Pero hoy ya no sigo tu canto.
Desde el fondo de mi océano,
Escucho tu latir,
Angustiada por el humo tóxico,
Melancólica por los días que no regresan.
Una palpitación contenida en la circunstancia de la luz.
Ahogada en el llanto de un cielo que espanta.
Conmovida con las nubes y sus múltiples figuras,
Con la risa y el juego de mi niño;
Yo te quiero alma mía, desprendida de todo y de ti misma,
Abierta y dispuesta a lo que venga,
Transparente y perpendicular.
Pero hoy te arrancas de mí, y te quedas suspendida en el tiempo,
Te hablo y no me respondes.

poema 1



Voy a dejar este espectro de luz
incorpóreo, blando y maloliente
Para quedar al fin
Impreso en la palabra que me escribe.
Voy a desnudarme, con el esqueleto expuesto de un moribundo
Que ruega al cielo
Una pisca de polvo estelar
Para ondear por la ráfaga invisible de lo eterno.
Conservar en el estómago, la cicatriz de una vida de alcohol y cigarrillos,
Con la cara triste de un hombre empequeñecido,
Por sus años de laburo, entre sexo, espejismo y silencios.
Voy a quitarme el disfraz vanidoso, de poeta cantor
En cuclillas a la sombra de su ego.
Voy a tejerme una existencia antibalas, para quedarme despierto,
Con la sonrisa de un hombre nuevo, alzando la copa y
Balbucir, balbucir, balbucir
El cuento que me convirtió en narrador de profundidades melancólicas.

Traviesa


Traviesa no atraviesa la reja y quedó atrapada, intentando huir del garrote que su amo le propinaba, celosamente, mientras ésta (perra) lengüeteaba a su quiltro que aguardaba afuera en la vereda.

Carta a un receptor


Recibimos una carta anónima. Era un papel de servilleta; escrito en éste, un mensaje revelador. Con lápiz pasta decía: “Limpien su vereda cochinos culiaos”.

Décimas por la lucha de los pueblos