Era un feriano
tuerto, moreno. Como el indio juan. Con el gorro pa atrás, y una polera de
cuello estándar, como casi comprada donde la señora del uniforme. Super
sencillo. Un traje de baño de supermercardo. Unas calcetas blancas fiskales, y unas
zapatillas mikol yordan. y tuerto, moreno.
-¡¿Qué es tay
mirando pajarón conchetumadre?!-
Y con un
cachetazo en la nunca, el tuerto Ernesto bajó la mirada. Imagínate a un ropero
de dos puertas, con la mirada en el suelo. Así como un cuerpo chupado y túmido.
¿Y qué dijo
después? ¿Cómo perdió el ojo? Porque tenía dos ojos.
¿Y cómo lo perdió? ¿Le enterraron una
cuchilla? ¿En una pelea de choros? ¿Junto
al olor del apio y la pescadería?
“Yo creo que le
metieron el pico en el ojo. Sí, el pico en el ojo”.
Lo único que sé, es que trabajaba para Rodrigo
Barrios, un ídolo suyo, pero nunca se lo dijo. Lo admiraba, lo miraba de reojo,
mientras limpiaba el suelo con un trapero.
Lo único que recuerdo del tuerto Ernesto, es que una vez lo llamé:
“¡ven para acá!”.
Estaba trapeando el piso, y vino hacía mí con la cara de un tuerto;
con el sudor maloliente de un cerdo cubierto de barro. Esa fue la única vez que
lo vi.
Después supe que lo habían pillado en una bodega de licores. Al
parecer una banda del sector habría fracasado en el atraco y habría huido, pero
a él lo encontraron solo, dentro del local, con el mismo sudor en su cara.
Dicen que era sudor frío, congelado, como el de un hombre entrando a
la boca de la muerte.
-¡¿Qué es tay mirando?!-
preguntó una voz amenazante.
La madre le puso
una denuncia, porque el tuerto Ernesto no aguantaba el encierro. Pero pasó de
un encierro a otro. Un día agarró un
fierro, y machacó la cabeza de un borracho que arrastraba su moribunda
existencia por la vereda. Ernesto corrió hacia él, y le puso cinco fierrazos en
la cabeza al harapiento. La madre no aguantó más, y llamó a los carabineros. No
hicieron más que zafarse del problema, y lo mandaron a un hogar de menores.
El tuerto
Ernesto era menor de edad, parecía adulto, pero no sobrepasaba los quince o
dieciséis años. Esa tarde llegó por
primera vez a la casa tres; ahí lo esperaban un montón de adolescentes sin
discernimiento, ebrios de la pura marginalidad que los arrojaba al mundo como
piedras sin forma lanzadas a una muralla de concreto. Los encerraban allí,
creyendo en una rehabilitación milagrosa, que en realidad sólo mitigaba el dolor
a tajo abierto, que se había producido en el mundo con la delincuencia. En ese
desangramiento falopero, pastero, marihuanero y alcoholizado cayó Ernesto, con
su jockey y sus shorts de feria, mirando de reojo la vertiginosa violencia con
que se trataban los interinos.
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