lunes, 17 de junio de 2019

El tuerto Ernesto






Era un feriano tuerto, moreno. Como el indio juan. Con el gorro pa atrás, y una polera de cuello estándar, como casi comprada donde la señora del uniforme. Super sencillo. Un traje de baño de supermercardo. Unas calcetas blancas fiskales, y unas zapatillas mikol yordan. y tuerto, moreno.
-¡¿Qué es tay mirando pajarón conchetumadre?!-
Y con un cachetazo en la nunca, el tuerto Ernesto bajó la mirada. Imagínate a un ropero de dos puertas, con la mirada en el suelo. Así como un cuerpo chupado y túmido.
¿Y qué dijo después? ¿Cómo perdió el ojo? Porque tenía dos ojos.
 ¿Y cómo lo perdió? ¿Le enterraron una cuchilla?  ¿En una pelea de choros? ¿Junto al olor del apio y la pescadería?
“Yo creo que le metieron el pico en el ojo. Sí, el pico en el ojo”.
 Lo único que sé, es que trabajaba para Rodrigo Barrios, un ídolo suyo, pero nunca se lo dijo. Lo admiraba, lo miraba de reojo, mientras limpiaba el suelo con un trapero.
Lo único que recuerdo del tuerto Ernesto, es que una vez lo llamé: “¡ven para acá!”.
Estaba trapeando el piso, y vino hacía mí con la cara de un tuerto; con el sudor maloliente de un cerdo cubierto de barro. Esa fue la única vez que lo vi.
Después supe que lo habían pillado en una bodega de licores. Al parecer una banda del sector habría fracasado en el atraco y habría huido, pero a él lo encontraron solo, dentro del local, con el mismo sudor en su cara.
Dicen que era sudor frío, congelado, como el de un hombre entrando a la boca de la muerte.
-¡¿Qué es tay mirando?!- preguntó una voz amenazante.
La madre le puso una denuncia, porque el tuerto Ernesto no aguantaba el encierro. Pero pasó de un encierro a otro.  Un día agarró un fierro, y machacó la cabeza de un borracho que arrastraba su moribunda existencia por la vereda. Ernesto corrió hacia él, y le puso cinco fierrazos en la cabeza al harapiento. La madre no aguantó más, y llamó a los carabineros. No hicieron más que zafarse del problema, y lo mandaron a un hogar de menores.
El tuerto Ernesto era menor de edad, parecía adulto, pero no sobrepasaba los quince o dieciséis años.  Esa tarde llegó por primera vez a la casa tres; ahí lo esperaban un montón de adolescentes sin discernimiento, ebrios de la pura marginalidad que los arrojaba al mundo como piedras sin forma lanzadas a una muralla de concreto. Los encerraban allí, creyendo en una rehabilitación milagrosa, que en realidad sólo mitigaba el dolor a tajo abierto, que se había producido en el mundo con la delincuencia. En ese desangramiento falopero, pastero, marihuanero y alcoholizado cayó Ernesto, con su jockey y sus shorts de feria, mirando de reojo la vertiginosa violencia con que se trataban los interinos.

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