lunes, 27 de mayo de 2019

VIAJE EN SUBIDA

Durante toda la semana había pensado y preparado mi mente para vivir la experiencia del día sábado entrante; ya el día viernes imaginaba lo que podría vivir, y pedía al mismo tiempo tranquilidad y empoderamiento. La noche del día viernes celebramos el cumpleaños de mi padre con un asado; yo no quise comer carne, lo único que quería era compartir y luego dormir.
Desperté temprano, a eso de las seis de la mañana; tomé agua, moví mis articulaciones y esperé a que mi primo se comunicara; partiríamos a las siete según lo que acordábamos los días anteriores. Entonces cuando llamó, quedamos de juntarnos a las siete y media, para seguir desde allí el rumbo prefijado en dirección al cerro. Ambos viajamos en silencio, quizás con el sueño encima, y con ganas de llegar pronto.
Cuando llegamos al lugar comenzamos a subir el cerro lentamente, al menos yo sentía que mi peso había aumentado considerablemente; cada uno cargado con sus cosas, con los bolsos y las guitarras. La subida estuvo empinada, por lo cual debí descansar cada cierto tramo, con la lengua afuera y sintiendo que los pulmones se me salían. Ya arriba el panorama fue asombroso, el sol comenzaba asomarse por la cordillera, a pesar del sueño y el cansancio, sentí ganas de contemplarlo, así que me quedé un rato en su brillo despertando.
La medicina me aguardaba y yo sin saber a lo que me arrojaba, decidí continuar el viaje con la mente congelada y el corazón ansioso. Mi primo me dijo que comiera la medicina con cuidado, que al principio no pasaba nada, pero después uno subía hasta los cielos y más arriba; que tuviera cuidado, y que los disfrutara. Nos servimos en una fuente de plástico, una especie de champiñón arrugado con limón, y cada uno junto a nuestro amigo Julito, comimos a su propia marcha; mi primo puso música Echoes de Pink Floyd, y yo me senté en una roca para contemplar el sol, y allí me quedé mientras los cabros caminaron para buscar un lugar y tocar guitarra, yo me quedé sentado y cerré los ojos.

Y comencé a ver, a mirar, a comprender que no podía comprender.
A dibujar, a seguir líneas y colores, figuras, y movimientos.
Sonidos que a los lejos formaban una opereta en mis oídos.
Toda la expresión trabajando al unísono.
Círculos sonoros que se agrandaban, y tejían una escala pentatónica
Cósmica.
La luz del sol traspasó mi visión como cristales, los aullidos de los perros, los camiones,
Venían juntos, unidos, hasta formar armonías dulces, laboriosas, mágicas.
Mi corazón estaba feliz, de ver y escuchar tanta maravilla.
Estaba extasiado.

Mi primo me llamaba desde lejos para que llevara la guitarra, y escuché la canción que seguía sonando de Pink Floyd, habían pasado dos minutos tal vez, yo había vivido una eternidad; esa canción la escuchaba mi hijo cuando era pequeño, y se quedaba hipnotizado siguiendo la melodía; entonces me acordé de él con alegría, lo extrañaba. Y de pronto algo sucedió, mi primo insistía en que llevara la guitarra, lo sentía como una orden, y algo me revolvió el estomago, algo me molestó y le pedí que apagara la música.
Luego tomé la guitarra, intenté afinarla con mi celular, pero mis dedos se expandían, se agrandaban y sólo veía luces en la pantalla.
Me dirigí tambaleando hacia donde estaban mi primo y Julito; estaban conversando y fumando marihuana para subir aún más; yo fumé, pero me arrepentí, porque lo único que conseguí fue caer a tierra, a un pastizal, y allí me quedé, escuchando como improvisaba con la guitarra. Seguía sus melodías, y me sumergía en el azul celeste del cielo, en su tejido luminoso, en sus círculos y triángulos en movimiento, y mi cuerpo se encogía y se expandía al ritmo de los tambores que escuchaba de otras latitudes. Sí, escuchaba tambores y trompetas, pero el canto no salía, lo tenía apagado en el fondo del corazón, porque sentía un dolor perpetuo, que no me dejaba en paz. No me sentía cómodo, pero el momento decía otra cosa; habíamos ido allí para compartir, para disfrutar, y yo sólo quería perderme.
Julito me empezó a gueviar, me dijo que venía gente; con mi primo me empezaron a gritar cosas, y yo no aguanté, me levanté y los mandé a la cresta.  Agarré mi guitarra y me fui cerro arriba, quería estar solo.
Caminé de noche, de día, de tarde, en invierno, en verano, en primavera, escuché voces, me venían siguiendo, caminé quizás un día, cuatro horas, hasta perderme entremedio de los cerros; a lo lejos había divisado una familia en bicicletas, intenté acercarme, pero de un momento a otro decidí salirme del camino para descansar. No llevaba agua, y ya empezaba a sentir el calor, así que busqué un arbusto y me quedé bajo su cálida sombra.
Sentí cada rincón de mi cuerpo, mis brazos, mis piernas, mis órganos; algo estaba circulando dentro de mí, cada hueso, cara arteria, cada dolor, algo estaba analizando cada espacio de mi interior, hasta llegar a mi corazón. Allí se quedó, y comenzó a pulsar una voz que me hablaba de los recuerdos, de las palabras, de las caricias, de los rostros, de lo que perdí y de lo que gané, se quedó allí, hablándome, haciéndome sentir vulnerable, y lloré a mares, una tragedia, una invasión, una terrible decepción, una verdad.  Lloré como si estuviera desangrándome, mientras el sol me quemaba, sin agua, sin abrazos, sin tu voz. Así que me entregué con el cuerpo enterrado en el pastizal, y dormí sin dormir, porque mis oídos captaban todas las señales y los movimientos; mis ojos se abrían y entrecerraban, mirando los mínimos detalles  de las ramas, y los insectos que volaban sobre mi cabeza. Mi lengua  se humedecía con una saliva reseca, y quería pedir perdón,  quería dar una explicación para tanto decaimiento, quería cantar sobre las cosas bellas de este mundo, quería hablar de las bonitas experiencias que habíamos vivido juntos, quería vencer de una vez el silencio.
Me saqué el cinturón de mi abuelo, que había muerto hace un año, pensé en darle ceremonia en ese lugar; luego me senté con las piernas extendidas, miré mis ropas desgastadas y sucias, mis zapatillas que me quedaban chicas; me las saqué, y miré mis calcetines cambiados y sucios, y me percaté de lo abandonado que estaba; yo mismo me había abandonado, porque sentía ganas de morirme; sentí rabia y pena por despreocuparme tanto de mí. Miré los calcetines y me di cuenta que eran de mi hijo, que tenían hoyos, y estaban sucios. Y lloré por todas las irresponsabilidades que había cometido, por las carencias, por las violencias, por mis faltas. Así que comencé a quitarle cada pedacito de paja que tenían los calcetines, mientras me acordaba de ti, riendo, bailando, doblando la ropa con amor, luchando ante al adversidad, y me sentí orgulloso de ti. Y comprendí que yo no te merecía, que yo te había abandonado cuando más me necesitabas; yo me quedé en silencio, una vez más.
Luego miré mis manos, las vi fuertes, aunque yo creía que eran manos de mujer; sentí su dolor, en los dedos, sobre todo en mi mano izquierda.
Me volví a tirar a la tierra, a descansar, a dormir; comencé a sentir que mi cabeza se abría, que se revitalizaba; que cada neurona recargaba su energía. Cerré los ojos y los círculos y triángulos venían formando ideas, soluciones, paradigmas para una nueva transmutación del hombre; viajé en el tiempo, visité a los homosapiens, analicé los problemas del colonialismo, me quedé pensando en la teoría del eterno retorno; luego abrí los ojos y contemplé el cielo, todo se desvaneció, sólo entraban en mi percepción los rayos del sol que pasaban entremedio de las ramas y me quemaban la piel; volví a cerrar los ojos para recordar a mi madre, la sentí en mi corazón,  con culpa por tanto hermetismo y tanta indiferencia. La imaginé con sus ojos grandes, con su belleza, con su apoyo incondicional.
Cuando desperté, intenté enfocarme en un punto; desde la posición en que estaba podía la ver la cordillera; el sol llevaba buena altura, serían las diez de la mañana. La ilusión más bella se presentó frente a mí al ver un oleaje de montañas que se confundían con el océano del cielo, todo en un perfecto movimiento que ondulaba de izquierda a derecha; quise pintarlo, porque solo faltaba un prominente barco que surcara sus aguas hasta llegar a la India o África. Con ese vaivén que llamaba comprendí que necesitaba agua, así que levanté, ordené mis cosas y emprendí el camino de regreso.
Por el camino venía pensando alegremente, conversando conmigo acerca de las ideas geniales, sobre escribir, cantar, viajar por el mundo, mientras contemplaba la ciudad, que bullía con sus habituales ruidos de mañana. Caminé cerca de una hora entremedio de los cerros, tomando fotografías con mi celular, buscando tesoros. En ese momento mi primo me llamó, diciéndome que me estaba esperando, y que bajara de una vez, que dejara de preocupar a la gente, y que si no me apuraba se iría dejándome a mi suerte. Le dije que estaba de camino, y que dejara de molestarme, y que mi suerte ya estaba echada.
Seguí caminado con el calor del mediodía sobre mi cabeza, y mientras seguía con mis ideas hirviendo, trastabillé con el pie izquierdo, dando un medio giro, cayendo de espalda con guitarra y todo a tierra. Mi cuerpo quedó imantado al suelo, no podía moverme; en esa confusión me di cuenta que estaba perdido; no era el camino correcto. Con el dolor, la confusión y el calor, decidí buscar el retorno, y encontrar una cima para mirar donde estaba. No había rastros conocidos, ni memoria que me hiciera dar con algún indicio de donde estaba; tal vez había caminado en dirección contraria.  
Al volver al punto inicial, a mi nido protector,  retomé la línea que mi instinto mandaba, a pesar de toda mi lógica errante anterior; lo seguí, y dejé de creer en elucubraciones pasadas, aferrándome al miedo de volver a equivocarme.
El camino de retorno se dividía en un punto siguiente; yo había tomado la senda derecha, yéndome hacia el fracaso de mi orientación; ahora tomaba rumbo hacia la izquierda, donde hallaría la salvación.
Cuando volví a lugar donde estaban los cabros, que ya se habían ido, mis cosas se encontraban ocultas en un árbol que daba buena sombra; registré mi bolso para extraer mi botella con agua, que ya habían tomado, y me la tomé al seco. Mi primo me esperaba en el auto. Tomé mis cosas y bajé a la velocidad de un hombre sediento, y cuidando de no volver a trastabillar. Mi brazo izquierdo llevaba la dirección, y mi brazo derecho cargaba con todo.

Cuando llegué al auto, mi primo me dijo que julito se había ido, y me preguntó dónde me había metido, y que me había pasado. Yo no le respondí nada, sólo me quedé en silencio, mientras me tomaba el agua al seco.

lunes, 13 de mayo de 2019

Camino del hinojo






Un hombre regresaba a casa tras desenterrar un hinojo de su tierra, para trasplantarlo en su jardín. No pensó en el hinojo (con el cual Prometeo encendió el conocimiento), ni en la tierra, ni en los insectos que había separado tras arrancarlo con sus manos ansiosas. Y como no pensó en nada, más que en su jardín, el hinojo se puso amarillo y luego murió, con sus insectos volando a lo desconocido, y con el hombre haciendo literatura de su sufrimiento.

Monstruo






Este monstruo se convirtió en ella; y cuando miraba a sus ojos, ya no era el monstruo que la habitaba, sino la auténtica mujer que yo amaba, y arrodillado estaba frente a ella, con una sensación extraña, porque ella con mi interior jugaba, y no veía la mano siniestra, del monstruo que de mí se apoderaba.

Poema 3 o propuesta de canción





Casi tocando la orilla
Una mirada en cuclilla
Sospecha en la distancia.

Cuando atravesaron la selva
Espejos fueron sus guías
Los ojos se escabullían
Con las piedras codiciadas.

Cambió la forma de ver la vida
Y el orden piramidal
En la cúspide pusieron a un corazón
Y una sola estrella comiéndose al sol,
Que al adorarle limpiaba sus conciencias
Podridas de superstición.

Mientras los ojos agazapados
Con su sospecha miraban todo
Serían dioses, tal vez hombres solos,
Que comían pecados
Y le pedían a su dios
Fama y dinero.


lunes, 6 de mayo de 2019

Ruben




Hola. Hola.
Hola. Hola
¿Quiénes somos?
Una calle, una vereda
Esparcida en la tierra
Y de nosotros quién se acuerda.
Y tú vas como siempre, todos los días
Con tu misma cara y sonrisa.
Y me dices hola, y te digo hola.
Y a cuántos más, y de la misma manera, hola.
Y nos reconocemos, a veces tú ya no me distingues
O quizás lees mi mente.
Y tu mirada es otra.
Va perdida por la verada, a veces chocando con la vida miserable de villa,
Llena de villanos y villanas.
Bailándole a la inercia, con una hooola.
Y tu espalda encorvada no se nota, y tu cara de niño está allí
En ese cuerpo desgastado.
Y vas sonriendo, y nos saludamos, hola hola.

La orilla del canal




Una voz dijo: ¡Mira a ese! Y se ríe.
Un tipo común,
Un mal hombre, según ella, que empeñó sus herramientas de trabajo
Para seguir chupando toda la semana.
Flaco, lánguido, seco, irresoluto,
Con la mirada en el horizonte
Destruyendo y reconstruyendo su hado.
Allí va otra vez, y tantas veces,

Pedaleando como un desalmado,
Con el mismo jockey, con la misma polera de siempre.
Pedaleando como un desalmado
Con el mismo jockey, con el mismo pantalón de siempre.

Lleva en la parte trasera de su bicicleta,
Las ramas que cortó de los árboles vecinos
Para ganarse unas chauchas, unos morlacos, unos pesos.
Cada atardecer, cada día, nublado, con sol, con lluvia, sin fallar un solo día.
Y esa voz se ríe otra vez: ¡mira a ese!
Este hombre sigue su camino mirando su horizonte, pedaleando en su bicicleta,
Cada mañana, cada tarde hasta la orilla del canal.

Décimas por la lucha de los pueblos