Un hombre no podía aceptar su sufrimiento, no quería llorar, por
vergüenza o por absurda convicción masculina. Llevaba dentro de su pecho una
ira tan colérica como diabólica, pero en el fondo la tristeza se resquebrajaba
como cristales de cavernas prehistóricas.
Recargado de obsesiones confusas, fue
cavando su propia tumba. No quiso aceptar que su mujer se fuera, que lo
abandonara. Esta idea en su mente lo torturaba, y en su corazón lo hacía sentir
vulnerable.
Al caer la noche, un día cualquiera, se dirigió con el aliento mortal de
una serpiente, hacia la casa de su amante. Sabía, intuía, sospechaba alcohólico
de venganza, que ella se encontraba sola. Al tocar el timbre con el rostro
compungido, forzado como mueca galante, no fue su amante quién lo recibió, sino
su hija adolescente. A la sorpresa, siguió el espanto, compadecida por este
hombre, la niña lo dejó entrar sin atisbar las intenciones oscuras del
visitante; inocente lo condujo hacia el living y fue en busca de su madre.
Ahogado y a punto de explotar, no resistió el impulso de la sed y el
dolor, y en segundos descargó su torrente venenoso en la adolescente criatura.
Cuando la madre salió del baño, contempló horrorizada la escena de un hombre
que pensó nunca más volver a ver, y a su hija, quien tal
vez intuía la conexión a puertas cerradas.
