martes, 3 de septiembre de 2019

Un hombre






Un hombre no podía aceptar su sufrimiento, no quería llorar, por vergüenza o por absurda convicción masculina. Llevaba dentro de su pecho una ira tan colérica como diabólica, pero en el fondo la tristeza se resquebrajaba como cristales de cavernas prehistóricas. 
Recargado de obsesiones confusas, fue cavando su propia tumba. No quiso aceptar que su mujer se fuera, que lo abandonara. Esta idea en su mente lo torturaba, y en su corazón lo hacía sentir vulnerable.
Al caer la noche, un día cualquiera, se dirigió con el aliento mortal de una serpiente, hacia la casa de su amante. Sabía, intuía, sospechaba alcohólico de venganza, que ella se encontraba sola. Al tocar el timbre con el rostro compungido, forzado como mueca galante, no fue su amante quién lo recibió, sino su hija adolescente. A la sorpresa, siguió el espanto, compadecida por este hombre, la niña lo dejó entrar sin atisbar las intenciones oscuras del visitante; inocente lo condujo hacia el living y fue en busca de su madre.
Ahogado y a punto de explotar, no resistió el impulso de la sed y el dolor, y en segundos descargó su torrente venenoso en la adolescente criatura. Cuando la madre salió del baño, contempló horrorizada la escena de un hombre que pensó nunca más volver a ver, y a su hija, quien tal vez intuía la conexión a puertas cerradas.

Décimas por la lucha de los pueblos