Un hombre
regresaba a casa tras desenterrar un hinojo de su tierra, para trasplantarlo en
su jardín. No pensó en el hinojo (con el cual Prometeo encendió el
conocimiento), ni en la tierra, ni en los insectos que había separado tras
arrancarlo con sus manos ansiosas. Y como no pensó en nada, más que en su
jardín, el hinojo se puso amarillo y luego murió, con sus insectos volando a lo
desconocido, y con el hombre haciendo literatura de su sufrimiento.
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