miércoles, 10 de julio de 2019

La rabia


Me levanté con rabia, o quizás me dormí con odio, tratando de culpar a alguien por este sentimiento, cuando en realidad era yo quien actuaba hacia adentro con el pecho comprimido, porque ella se iba con la libertad de un desinteresado, de un ejecutor de movimientos individuales, y yo acostado en la cama, en quiebra y sin amigos, con dolor de espalda, y enrabiado porque prefería quedarme allí, y ella se iba, arreglada, quizás para coquetear desinteresada con algún instante, en el cual yo no estaría.
Ella me quiso dar un beso de despedida, y yo rehuí hacia el rincón como un niño al que no lo han invitado a jugar, como un niño que no se da cuenta que no hay prohibición y condena en su actuar, sino que simplemente soy yo quien debe quedarse acostado, a descansar, a quedarme con mi responsabilidad, mientras ella se marcha para colaborar donde yo no quiero estar. Sin embargo, la envidia no la encauzo y me llena de pensamientos negativos; múltiples escenarios del apocalipsis, y la rabia efervescente, y soy yo  quien  pronuncia monosílabos delirantes, que en su verborrea llevan el dolor oprimido con cizaña, y acidez. Y me acuerdo haber visto a mi madre, en el transcurso de las imágenes sanguinarias, cometiendo el mismo error que yo.  Pero no la culpo, todo el tiempo.
Acaso me habré acostumbrado actuar  así; a obviar, a ignorar el esfuerzo propio, para mirar lo que hacen los demás; y en el caso de seres queridos, duele cuando siguen su propio rumbo, y no nos llevan, a pesar que nosotros también hemos emprendido muchas veces el vuelo, y los hemos dejado en este mismo sitio, tal vez eso si, con sentimientos más positivos. Entonces de qué se trata este berrinche, sino la incapacidad para dejar ir o soltar aquello que no podemos controlar, o tal vez esa incapacidad para amarse incluso en los momentos más ingratos, en los cuales la soledad se siente casi rozando la piel, o el miedo volviéndose sombra al interior del pecho.
Toda esta ingratitud nos convierte en seres rugosos, recelosos, envidiosos, y hasta temerosos e inseguros a la hora de aceptar la libertad de los demás. Porque la propia depende de uno mismo, y es uno mismo quien se encarcela a estos sentimientos nefastos, que impiden la natural expresión del amor a todo lo que nos rodea. Por qué desconfiar de lo que puedan hacer los demás, si somos únicos responsables de nuestros actos, y con eso basta; Si ella hiciera algo contra mí, sería ella la responsable de este dolor, y quizás yo podría justificar esta rabia con más argumentos, que las alucinaciones que presencio en estado petrificado. Tal vez mi rabia tenga otro origen, y que su explosión inmediata se dirija aquellos seres queridos porque sabemos que es más fácil ser perdonados por ellos, a que descarguemos este sufrimiento con desconocidos.
¿Cuál es el origen de estos sentimientos? De la rabia, de la envidia, del terror, de la desconfianza. La sombra los oculta y los libera cuando emergen como impulsos incontrolables; pero claramente soy yo quien los libera a conciencia a través de una decisión en segundos. Porque podría elegir la alegría, o la confianza, pero para que eso sea posible, es necesaria una voluntad positiva, una disposición para superar el instante, que aunque me provoque la rabia con justa o no razón me permita enfrentarlo con madurez. Si yo hubiera decidido levantarme antes que ella, para tomar desayuno juntos antes de que se fuera, y preparar de alguna forma un panorama para la vuelta, eso hubiese cambiado la energía, el día y las acciones futuras. Sin embargo, me quedo en la cama, pensando en situaciones que no ocurrirán, a menos que yo las provoque. Podría ser peor, en el caso que decida posteriormente tomar cartas en el asunto, y dejarme llevar por el impulso y cometer la serie de atrocidades que voy pensando, porque no soy capaz de pisar tierra, ya que la ensoñación negativa es un paso para el trastorno mental y así confundir la realidad con las emociones intensas que me invaden.
Mi cable a tierra es el pensar positivo, racional, y colaborativo con las acciones que buscan resolver los problemas, no complicarlos más. Es un ejercicio de mente fría, de reflexión permanente, anticipando, y controlando sólo el instante de lucidez máxima, que es el ahora, y el aquí; si tiene resultados inmediatos en el tiempo, no es algo que podamos controlar profundamente, porque existen muchos factores que influyen positiva o negativamente el asunto. Lo que importa es la voluntad para lograr evocar lo mejor de mí, incluso en situaciones de confusión, de cansancio, de hambre, de quiebra emocional; y para lograrlo mi conciencia abierta a comprender mis emociones, y mi capacidad de pensarlas en un contexto para luego buscar una explicación, es el camino que debo seguir todos los días. Y por eso debo dejar de atormentarme con pensamientos que no sirven para nada. Sólo la fantasía positiva me sirve para llenarme de energía ensoñadora, para darme cuenta que el mundo es mucho más que la realidad tangible.
La alucinación oscura de la sombra es real, porque está dentro de mí; y es mi obligación conocerla y enfrentarla porque también soy yo. Sin embargo, no debo permitir que yo decida liberarla injustificadamente con personas que no se lo merecen, y en contextos que no trae nada bueno para mi salud social. Sí puedo permitirme expresarla de otra manera, a través del arte, o solo en el baño, o  en un rincón de la casa y maldecir por el hecho de ser tan desgraciado, aunque no sea cierto de todo; porque pienso tanto, y el origen se me pierde con el tiempo, ya no hay forma de volver a aquél día en el cual nació la rabia, como una reacción vivificadora de un instante único e irrepetible. Tal vez con los días, meses y años, esa rabia se cristalizó como una acción natural e imitativa de la cotidianeidad familiar; quizás con las décadas se aceptó como un rasgo de nuestra personalidad.
Estas emociones tienen que ver con uno. Con el aceptarse. Con el dejar la culpa, y asumir el rol de actor principal de la propia obra. Con soltar el control de todo, y dejarse llevar por la luz interna que es la alegría y la risa. Con permitirse estar triste y enrabiado, pero comprendiendo que somos más que eso, al fin y al cabo, somos acciones libres en un espacio y tiempo dispuestos como oportunidades para encontrar el bienestar personal, con principio y fin.
Cuando ella regresó, volvió por unas cosas para luego marcharse. Estuve hermético, distante, no quería mirarla, ni tampoco hablarle, aunque me hablara con dulzura. Me dijo que no le creyera a mi mente, mientras yo insistía en confirmarle existencia a mi emoción más profunda. Le confería una real explicación, que yace dentro, y que no quería obviar; tal vez lo estaba considerando como un presentimiento, o una señal, porque mi sensibilidad percibe cada gesto distinto, y pensaba tal vez que sus miradas anteriores me comunicaban algo. Sin embargo, todo esto existe en un campo de posibilidades inciertas e imaginarias, y de concretarse sólo dependerá de los movimientos de mis actos, como por ejemplo adoptar una pòstura hermética, no hablarle y evadir su mirada; con el tiempo podrían evidentemente generar o desencadenar otros caminos, en los cuales transitaremos especulando el uno del otro.
Ahora ella está cerca, pero prefiero quedarme a escribir, mientras mi hijo juega con su vecina, y parece que para ellos este tipo de elucubraciones no existe, más que la emoción misma que se desborda libremente sin prestar atención al otro, dependiendo en cada caso particular del control emocional que hayan aprendido o no de sus pares, o la familia.
Yo me he descontrolado en reiteradas ocasiones, sin prestarle demasiada atención a las reacciones de los otros. En su mayoría han sido explosiones negativas, como una grieta interna que sucumbe ante la presión externa imaginaria o real, y que se desborda como llanto, grito o pataleta, incluso como hermetismo o congelamiento expresivo, facial y corporal, que da cuenta de un hombre frágil e inmaduro, que no es capaz de poner paños fríos al instante, destruyendo así toda salida pacífica y afectiva.  Y el tono de mi voz, melancólico y flemático le da un color de victima casi patético, porque a pesar de tener la voluntad positiva de los días en que brilla la poesía, me arrojo masoquista al dolor autoinflingido de la necedad más irritante que un hombre demente puede ofrecerse ante el mundo.
¿Dónde está la alegría entonces? ¿Por qué no abrazar la alegría aún en el cansancio o en la injusticia? ¿Por qué no darse cuenta de los instantes que uno pierde por estar concentrado en el dolor innecesario? No se trata de la indiferencia, sino de la calma que utilizo para encauzar esta energía hacia un lugar más placentero, donde pueda pensar con tranquilidad sin huir ni encerrase en uno mismo. La calma que me permite escuchar y comprender que de mí depende el porvenir, de las acciones que realice para sentirme libre, sin ataduras, ni complicaciones externas como la comodidad, o el dinero, o las relaciones humanas. La calma para reaccionar a tiempo, y convertirme en motor de mi propio trayecto. La calma que me hace reflexionar acerca de mí, lo que quiero hacer y lo que estoy haciendo. Finalmente todo depende de la intensidad con qué asuma esta responsabilidad humana, la de ser uno mismo, con la voluntad positiva hacia el encuentro de lo mejor y lo más bello del mundo, aún en la inseguridad, y la desconfianza.

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