lunes, 17 de junio de 2019

La flaca



La flaca me lo había anunciado ahí mismo, y yo sin darme cuenta, lo deduje horas más tardes siguiendo un hilo difuso de indicios, que se confundían en la ficción misma del recuerdo. Ella me dijo, “¿me acompañas a mi casa?”  Y sólo pude responderle que no podía moverme de ese lugar, y la flaca se fue yendo, cada vez más lejos. Después de ese incidente, no volví a pensar en ella.

No pensé en ella, hasta la medianoche. Una imagen se proyectó en mi cabeza, tal vez su voz, anunciándome lo inevitable. Así parecía. Después comencé a pensar en su huida, algo me había asaltado en el transcurso de un movimiento cotidiano; una ida y venida desde la cocina hasta el living, leyendo una revista científica, o escuchando desatento las versátiles conversaciones de los panelistas del programa en la televisión.

Su voz llamándome desde el interior de su misterio, como las sirenas de Ulises, o simplemente como la canción enigmática del butlitzer.

Podría ser un sueño. Pero no fue un sueño, sino la realidad más certera y rápida en su esencia, cambiando y amoldando a su antojo nuestro escenario: Ella me había dicho algo, y yo no pude comprenderla.


Al otro día no me habló. Evadió mi mirada. Se escabullía por los rincones de mi mente. No pude descifrarla. Eso pensé, mientras intentaba abarcarla en mi imaginación, como si ese ejercicio fuese a develar la interrogante del día anterior. No cruzamos palabra. Simplemente  ella insistía en su hermética decisión. Eso pensaba. Eso intuía. Así que la evité, también tratando de disimular en mi expresión las ganas de abordarla con preguntas, aún cuando los demás pensaran que yo la estaba seduciendo.

No pretendo seducirla. Pienso. No pretendo incomodarla, pero sí quiero que me hable, de cualquier cosa, incluso de lo que hablan todos y todas, allí encerrados en la oficina.

“Por qué hablaran lo mismo todos los días”. Me dijo la flaca.
Habíamos concordado la semana pasada la flaca y yo, cuando nos quedamos hasta el final de la celebración del día del oficinista. Nos tomamos dos botellas de vino sin darnos cuenta, entre risas y anécdotas que ella y yo intercambiábamos con la soltura de una ocasión común y silvestre, como si estuviéramos en un restaurant o en la cuneta de una esquina cercana.

Los demás comían automatizados y con apuro como pollos liberados de su granero para buscar su preciado maíz, conversando entre dientes y comida las mismas estupideces de la oficina. No sé si nos habrán observado de reojo o con la sirvenguenza de un observador sin vida y lleno de fantasías, pero nosotros nos reíamos de todo, de sus caras de aburrimiento, de sinismo, acercándose cada vez más hacia la mesa de los “peces gordos”- decíamos; inclusive  nos burlábamos de nosotros mismos, porque estando allí con ellos, conocíamos nuestro desenlace, y sabíamos que no queríamos abandonar su trayecto por comodidad. “ a pesar de todo, necesito esta pega” me decía la flaca, un poco acalorada por el vino.


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