La
flaca me lo había anunciado ahí mismo, y yo sin darme cuenta, lo deduje horas
más tardes siguiendo un hilo difuso de indicios, que se confundían en la
ficción misma del recuerdo. Ella me dijo, “¿me acompañas a mi casa?” Y sólo pude responderle que no podía moverme
de ese lugar, y la flaca se fue yendo, cada vez más lejos. Después de ese
incidente, no volví a pensar en ella.
No
pensé en ella, hasta la medianoche. Una imagen se proyectó en mi cabeza, tal
vez su voz, anunciándome lo inevitable. Así parecía. Después comencé a pensar
en su huida, algo me había asaltado en el transcurso de un movimiento
cotidiano; una ida y venida desde la cocina hasta el living, leyendo una revista
científica, o escuchando desatento las versátiles conversaciones de los
panelistas del programa en la televisión.
Su
voz llamándome desde el interior de su misterio, como las sirenas de Ulises, o
simplemente como la canción enigmática del butlitzer.
Podría
ser un sueño. Pero no fue un sueño, sino la realidad más certera y rápida en su
esencia, cambiando y amoldando a su antojo nuestro escenario: Ella me había
dicho algo, y yo no pude comprenderla.
Al
otro día no me habló. Evadió mi mirada. Se escabullía por los rincones de mi
mente. No pude descifrarla. Eso pensé, mientras intentaba abarcarla en mi
imaginación, como si ese ejercicio fuese a develar la interrogante del día
anterior. No cruzamos palabra. Simplemente
ella insistía en su hermética decisión. Eso pensaba. Eso intuía. Así que
la evité, también tratando de disimular en mi expresión las ganas de abordarla
con preguntas, aún cuando los demás pensaran que yo la estaba seduciendo.
No
pretendo seducirla. Pienso. No pretendo incomodarla, pero sí quiero que me
hable, de cualquier cosa, incluso de lo que hablan todos y todas, allí
encerrados en la oficina.
“Por
qué hablaran lo mismo todos los días”. Me dijo la flaca.
Habíamos
concordado la semana pasada la flaca y yo, cuando nos quedamos hasta el final
de la celebración del día del oficinista. Nos tomamos dos botellas de vino sin
darnos cuenta, entre risas y anécdotas que ella y yo intercambiábamos con la
soltura de una ocasión común y silvestre, como si estuviéramos en un restaurant
o en la cuneta de una esquina cercana.
Los
demás comían automatizados y con apuro como pollos liberados de su granero para
buscar su preciado maíz, conversando entre dientes y comida las mismas
estupideces de la oficina. No sé si nos habrán observado de reojo o con la
sirvenguenza de un observador sin vida y lleno de fantasías, pero nosotros nos
reíamos de todo, de sus caras de aburrimiento, de sinismo, acercándose cada vez
más hacia la mesa de los “peces gordos”- decíamos; inclusive nos burlábamos de nosotros mismos, porque estando
allí con ellos, conocíamos nuestro desenlace, y sabíamos que no queríamos
abandonar su trayecto por comodidad. “ a pesar de todo, necesito esta pega” me
decía la flaca, un poco acalorada por el vino.

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