No hubo gritos ni pataletas, ni calzones por el
aire; nadie nos mostró sus pezones, ni nos esperaron a la salida para acostarse
con nosotros.
Nos subimos al auto como pudimos entre
instrumentos, cigarrillos de marihuana y un borgoña preparado en botella de
plástico. Salimos en dirección contraria al éxito que imaginábamos mientras
conversábamos entre carcajadas y alucinaciones de viejas canciones compuestas a
la orilla del río.
Una carretera nocturna nos llevó hasta un servicentro, allí ninguno de nosotros se aguantó el deseo
de narrar sus propias hazañas en la música, incorporándose siempre con postura
de héroe y aire de cantautor sobresaliente.
El manager y dueño del auto nos invitó a un
evento de beneficencia donde tocaríamos un repertorio indefinido, en el cual él
interpretaría la quena y trataría de cantar.
Días antes había ofrecido un grupo musical a
los encargados del show, a cambio de una bienvenida gastronómica, acompañada de
bebestibles a destajo. El manager y quenista llegó en el auto de su padre que
debía devolverlo antes de las doce, eso nos contó mientras se zambullía la
botella de borgoña.
El resto de los integrantes con guitarras de
palo, y una batería desarticulada pero en pie de batalla, pretendía dar la
sorpresa con sus cantos y melodías, que intentaban ensayar camino a la
presentación. Después de salir del servicentro, fuimos en busca del maestro de
la improvisación, el cual había ganado su respeto, grabando un disco por
semana. Aunque durante el show no hizo casi nada.
Llegamos al lugar. Nos bajamos como estrellas,
como héroes y galantes artistas. Ya teníamos un repertorio de cuatro canciones
y media. El manager entró al local, habló con la gente, y nosotros esperamos
afuera. Cuando salió su cara nos asustó, porque nos traía malas noticias.
“Quieren que toquemos cumbia, ¿se saben alguna?” – claro que no. No podíamos
tocar cumbia, no nos gusta la cumbia.
Volvió a entrar para ofrecer un nombre de banda
y un repertorio andino, con la esperanza que nos dejaran tocar al final, o
quizás en un breve corte de dos canciones; en ese momento apareció una mujer,
mayor, con algunas canas y con aspecto de evangélica, y nos propuso tocar en su
evento beneficiario, que estaba justo al lado del otro. Nadie dudó, le dijimos
que si altiro, y nos fuimos hacia su local.
Miramos el lugar; estaba lleno de sillas vacías
y un ambiente casi sepulcral. Las pocas personas que había nos miraban
contentos, porque éramos tal vez la única opción de la noche. Con esa idea en
mi mente, nos subimos al escenario, nos instalamos y comenzamos el show. Uno de
nosotros comenzó a improvisar una canción, y luego otra, y después otra, hasta
que la presentación cobró ritmo y dejamos a un lado el miedo y la vergüenza. El
manager no aparecía, se había perdido entre tanto bailoteo y mina rica, entre
comida y bebestible se había olvidado de nosotros; no importaba, ya estábamos
ascendiendo hacia el éxito. Una vez que terminamos las canciones, nos pedían
más, de un momento a otro el lugar había cobrado entusiasmo, y nos fuimos yendo
por el rumbo de los temas, sin darnos cuenta que llevábamos casi una hora
tocando; en ese momento, la señora se nos acercó y nos dijo que nos fuéramos, que
era suficiente.
Cuando empezábamos a subir al estrellato, el
efecto del borgoña y la marihuana nos hacía sentir en el cuerpo, en la voz y en
nuestras canciones; yo di vueltas, y creí dar mi mejor interpretación, pero no
fue así, me había quedado en un rincón fumando un cigarrillo, mientras los
demás se perdían en compases, y en ritmos y en letras. Estaba todo bien, no
pasaba nada, sólo que la personas no valoraban el verdadero arte. Así que
terminamos el show, nos volvimos al local de al lado, pero el manager yacía
dormido en el auto, abrazado a la botella de borgoña, mientras la cumbia
retumbaba en nuestros oídos. La señora quedó agradecida, y la banda cumplía su
debut y despedida en una fría noche de invierno.

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